“Las plumas de la serpiente -dice Mardonio Carballo- somos todos.” Este todos, en apariencia tan simple, tan transparente y tan universal, debe ser aclarado. El adjetivo se sustantiva (se convierte en sustantivo y en sustancia) en un México formado por teselas. Decir todos en México equivale a lanzar el reto de vernos como somos, un mosaico cultural encubierto por una pretendida uniformidad hegemónica. Desde la primaria se nos ha hecho creer en el carácter nacional, la lengua nacional, la cultura nacional, la religión nacional, y se nos ha dicho que los grandes proyectos de país persiguen el bienestar común de los mexicanos. Todo eso es falso. Somos muchos más: somos plurales. Nuestros ser uniforme no existe más allá de los símbolos y las etiquetas que pretenden borrarla enorme pluralidad de formas de ser, de sentir, de convivir, de creer, de aspirar por un futuro mejor, por realizarnos plenamente en los contextos políticos, económicos, sociales y familiares más favorables a nuestras capacidades y a nuestra manera peculiar de existencia. México debe ser de todos, de todos lo que lo hemos formado con nuestras propias generaciones, y su dignidad no podrá enaltecerse mientras su destino común no se rija por los derechos y obligaciones de la participación total.

En Las plumas de la serpiente Mardonio Carballo habla por todos, y con su voz descubre la malsana ilusión de nuestro ser homogéneo. Lo hace con la voz del poeta: sabia, fuerte, armoniosa, descarnada, solidaria, limpia y de un fuerte sabor que mezcla raíz y fruto Así se suma Carballo, desde su muy particular perspectiva, al escaso número de voces que en este triste México se encastillan en los medios de difusión, se proclaman libres, se fundamentan en la solidez, se aferran a la dignidad y elevan el volumen hasta remontar ataques, desprestigios y demás recursos del poder instituido.

Alfredo López Austin.